En 2012, Silvana Pérsico tuvo un cáncer de mama invasivo y le sacaron la mama izquierda y una parte de la derecha. Vive en Córdoba y forma parte de una nueva corriente mundial: sobrevivientes que eligen “quedarse planas”. 

Silvana se sentó en el consultorio del ginecólogo, en Córdoba capital. Estaba asustada. Unos días antes, mientras calentaba la cera y levantaba el brazo frente al espejo, se había palpado una bola que empezaba en una mama y llegaba hasta la axila. Los estudios estuvieron listos una semana antes de su cumpleaños número 48: era un cáncer de mama invasivo y estaba a un paso de llegar al estadío más avanzado. El médico le explicó que le iban a tener que hacer una doble mastectomía, es decir, le iban a extirpar ambas mamas, y le preguntó si quería que dejara la piel del pecho floja para ponerse luego implantes de silicona. Silvana ni lo pensó: dijo “Ni loca”.

Las sobrevivientes de cáncer de mama que atraviesan algún tipo de mastectomía y eligen no hacerse una reconstrucción mamaria forman parte de una nueva corriente que atraviesa el mundoEligen quedarse planas -en Estados Unidos la llaman, justamente, “going flat”- y sostienen que no necesitan pechos nuevos, pezones ni areolas mamarias artificiales para sentirse completas ni femeninas. Muchas de ellas, reunidas en el perfil de Facebook “Flat & Fabulous” (Planas y Fabulosas), sostienen que no le tienen miedo a las cicatrices sino a las infecciones y a que sus cuerpos, que ya pasaron por quimio, rayos y quirófano, rechacen los implantes. Lo que dicen es que tener un escote es para ellas una elección, no un requisito.

“Cada una tendrá sus razones para ponerse o no tetas artificiales. Yo sé las mías”, arranca Silvana Pérsico, desde el Valle de Punilla, donde vive. Y cuenta a Infobae qué pasó en su vida durante los años anteriores al diagnóstico. “Primero mi hijo, que cuando era adolescente estuvo internado porque atentó contra su vida. En una de esas internaciones, los médicos nos dijeron que estaba teniendo dificultades para asumir su sexualidad y que, cuando pudiera hacerlo, iba a estar mejor”, recuerda ella, que ahora tiene 51 años.

Después me separé de una forma inesperada, luego de 18 años de matrimonio, y me vine a vivir a Córdoba con mis hijos para empezar una nueva vida. Mi hijo empezó a asumir su sexualidad, a sentirse más libre y todo empezó a mejorar. Pero cuando empecé a relajarme y a hacer distintas terapias, afloró una situación que yo había vivido de chica, un abuso sexual por parte de un vecino, que guardaba adentro mío desde los 6 años”

Silvana dice que estaba llena de resentimiento (por el vecino y por su madre, que no pudo evitar el abuso sexual), de vergüenza (por ser una mujer abusada), de culpa (por lo que había sufrido su hijo), de miedo (por no saber qué prejuicios le esperaban a él por ser gay). “Así que, de alguna manera, lo que sentí en ese consultorio era que con esas tetas que me sacaban se iba a la basura todo lo que ya no quería”.

Lo que siguió a la cirugía fueron 18 sesiones de quimioterapia y un ejército de mujeres con las que se cruzaba por los pasillos y que atravesaban lo mismo pero paradas en la vereda opuesta. “Me encontraba con mujeres sumamente angustiadas por no tener tetas. O con otras que habían pasado por 3 ó 4 cirugías porque el cuerpo, tan manoseado, rechazaba los implantes. Yo entendí que por primera vez quería ser sincera conmigo misma y ser lo que soy. Todo lo otro, lo que todavía estoy sacudiendo, son los mandatos familiares, las estructuras sociales.No quería seguir complaciendo la mirada de ajena que cree que para ser mujer necesitás una buena cola, estar maquillada y unas buenas tetas. Por eso creo que para mí el cáncer fue una liberación”.

Silvana tampoco usó pelucas ni turbantes y no quiso formar parte de un curso para sobrevivientes llamado “Quiérete siempre bella”, donde les enseñan a maquillarse, a ponerse el pañuelo en la cabeza para tapar la caída del pelo y a elegir la peluca. “Yo pensaba: si otra vez me vuelvo a poner todas estas máscaras, no entendí nada

En ese proceso de elegir qué quería hacer, decidió hacerse un tatuaje sobre la mama vacía que se extendiera, sobre una cicatriz larga, hasta la otra. Se puso en contacto con Vanesa Carrizo, alias Lily Munster, presidente de la Ong Trazos de Luz, la única en Argentina que ofrece tatuar gratuitamente a sobrevivientes de cáncer de mama y de cáncer en general. La movida de tatuar gratuitamente postmastectomía también existe en Estados Unidos, a través de un proyecto llamado P.Ink cuyo lema es “El cáncer de mama no tiene por qué dejar la última marca”. En uno y otro caso, el espíritu es el mismo: en ese momento en que muchas mujeres creen que hay solo dos caminos -reconstrucción sí, reconstrucción no-, la opción de tatuarse aparece como una tercera.

Ir en contra de la corriente -porque muchos médicos aseguran que con los implantes vuelven a sentirse completas y les resulta más fácil salir adelante- hizo que muchas mujeres “planas” se unieran y le contaran a otras mujeres que tienen derecho a elegir. En Twiter, por ejemplo, corre una consigna llamada #StopCancerShaming (Dejemos de avergonzarnos del cáncer) y propone que las fotos de los cuerpos femeninos atravesados por cicatrices de mastectomías no sean censuradas en las redes. Antes de eso, muchas mujeres sólo veían historias como la de Angelina Jolie, que tras decidir sacarse ambas mamas para evitar tener cáncer, se colocó siliconas inmediatamente.

“Después de la quimio, cuando parecía que me bombardeaban el cuerpo, me sentí tan mal que pensé que la enfermedad estaba avanzando. No podía abrir ni un frasco de mermelada”, cierra Silvana. “Después me di cuenta que no, que el cuerpo se estaba acomodando. Entonces empecé a cuidarlo, a descansar, a comer mejor, a no complacer a los que me decían ‘levantate, salí a pasear, no te dejes estar’. Lo que hice fue empezar a aceptarme como soy, con el cuerpo que tengo ahora y con las emociones que tengo ahora. En este contexto, pienso en tetas falsas y digo: no, che, muchas gracias”.

 

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