Lucas tiene 17 años y desde muy chico supo que algo no estaba bien: su cuerpo de mujer no encajaba en su sentimiento de ser hombre. Tras un camino personal muy espinoso pudo alcanzar su identidad de género, la de un chico trans.

“Hay una frase que no me la olvido más. Estábamos de vacaciones y me preguntó: ‘Mamá, vos cuando te despertás cada mañana, ¿estás contenta por ser mujer?’ Le contesté ‘claro que sí’ y él me dijo: ‘Yo cuando me despierto, me quiero volver a dormir’. Eso me heló la sangre, a partir de ahí lo charlé con el papá”, cuenta Mónica al recordar algunos de los muchos momentos en que María dejaba muy en claro que no quería ser María.

“Me di cuenta de chiquito, tenía 4 o 5 años y no me gustaba la ropa femenina, le decía a mi mamá que me vistiera unisex, no me gustaban los juguetes de nenas, a las muñecas las tiraba o les arrancaba la cabeza. Y siempre jugaba con los varones. En la escuela primaria sufrí porque era raro que una nena estuviese siempre con los nenes, me decían marimacho y cosas así. Y la pasé mal. Tenía el pelo largo pero me vestía como un varón”, recuerda Lucas en esos años en los que la certeza crecía y el enojo hacia su cuerpo también. Era quien no quería ser.
Lucas Dietrich Larrazábal tiene hoy 17 años. Vive con su mamá Mónica y su papá Luis en una casa santarroseña donde hasta hace un tiempo había fotos enmarcadas con la imagen de María: un pelo tan largo como rubio que acompañaba un rostro refinado e iluminado por dos ojos verdes tan grandes como lámparas. Hoy ese rostro y esa cabellera lucen como la de cualquier adolescente varón: corte de pelo moderno, algunas pelusas en el mentón y granitos en la cara.

“Cuando Lucas (en ese momento María) tenía 7 años le pregunté a una psicóloga por qué usaba gorras al revés, camisetas de Boca, toda ropa de varón. En los cumpleaños con canchitas de fútbol los chicos querían que juegue con ellos y se plantaban hasta que lo dejaban jugar. Me llamaban de la escuela porque jugaba siempre a la pelota con los varones. Era algo que se manifestaba todo el tiempo”. Para Mónica, estaba claro, había algo que no encajaba. Y las dudas eran cada vez más grandes.
“Después de tanto insistir me compraron ropa de varón pero cuando ingresé al secundario ya no quise sufrir maltrato, tenía miedo de pasar por lo mismo que en la primaria, así que empecé a vestirme más femenina”, indica Lucas sobre un cambio que también desorientó a su familia. “Eso nos descolocó un poco, no entendíamos bien qué pasaba”.

“En segundo año empecé a sentirme mal porque no me encontraba, no encontraba motivaciones en nada, aguanté todo segundo año y en tercero estaba cada vez peor. En ese verano me di cuenta de que me sentía muy mal y me empecé a cortar las muñecas con las hojas de afeitar. Tenía tanto rechazo por mi cuerpo que me miraba al espejo y sentía que no era yo. Y la única manera de sacarme ese dolor era lastimándome. Me odiaba. Usaba los pañuelos que se ponen en el cuello para ocultar los cortes y para que mi familia no se diera cuenta. Hasta que asumí que no podía yo solo y le dije a mi mamá que quería ir a una psicóloga”.

El tratamiento profesional descubrió que Lucas tenía tendencias muy dañinas -hasta extremas- hacia su cuerpo y su existencia. Y fue derivado a un psiquiatra. “Yo pensaba muchas veces que no quería vivir más porque estaba en un cuerpo que no lo sentía propio, no me encontraba en este mundo, sentía que nunca iba a poder ser yo. Empecé con una pastilla antidepresiva y en ese momento además de la contención familiar también tuve ayuda de amigos y de una novia de entonces. Cuando me pude recuperar le conté a mi hermana (Carolina, 29 años) que me gustaban las chicas y enseguida me preguntó cuándo quería que le contemos a mis padres. Yo temía por la reacción de mi papá sobre todo, con mamá me costaba menos porque era como su ‘nene mimado’, pero al final fue todo lo contrario: mi papá lo aceptó de una y me sorprendió su reacción”.

María, entonces, ya no quería el pelo largo, ya no quería ir a una tienda de mujer. “Cuando pude hablar todo eso con ellos me largué a llorar, sentí que me sacaba una mochila terrible de encima, aunque sabía también que el camino recién empezaba”. Iba a cumplir 15 y llegó la pregunta: fiesta o viaje a Disney. Claramente la primera opción fue rechazada. “Yo quería ir ya al peluquero, pero mamá me dijo que fuera al viaje así porque en las fotos del pasaporte, la visa, tenía todo el aspecto de chica y el hecho de raparme el pelo iba a ser un cambio muy brusco”.
El viaje a otro país fue positivo. No se sintió ni observado ni juzgado. Al regreso dejó la pastilla antidepresiva y por un tiempo tuvo algo de tranquilidad interior. Pero fue un espejismo. “Ese mismo año sufrí anorexia porque no estaba cómodo con mi cuerpo, empecé a bajar mucho de peso porque al estar flaco no tenía pechos ni curvas. Me miraba y estaba chocho, pero al mismo tiempo por la anorexia no tenía menstruación. Casi termino internado, llegué a pesar 48 kilos, y en ese momento me gustaba mi cuerpo pero estaba muy enfermo”.

Para Lucas cada día era una montaña rusa. Se asesoraba por el tratamiento hormonal pero al mismo tiempo afrontaba nuevas charlas con su familia. Tenía 15 años y debía tomar decisiones claves para su vida prácticamente todo el tiempo. Y estaba en un cuerpo que no sentía propio.

“Miraba en Facebook, buscaba información y sí, había muchos casos de chicos trans con tratamiento de testosterona. El tema era decírselo a mis papás y ver si yo quería realmente hacerlo porque tenía 15 años. Y me empezó a subir la ansiedad, me desbordé y subí 15 kilos de golpe, pasé de un extremo a otro. En febrero de 2017 le conté a mi mamá el tema del tratamiento hormonal y ellos me apoyaron pero me dijeron que lo hiciera a los 18, cuando fuera mayor. En ese momento no me gustó porque yo lo quería ya, me dio más ansiedad y nervios”.

La situación se aceleró. Lucas volvía a caer en un cuadro depresivo. Daba un paso hacia adelante y dos para atrás. Sentía que no alcanzaba. “La trataba mal a mí mamá y a todo el mundo, yo estaba enojado conmigo mismo y me la agarraba con todos. Me empezó a ir mal en el colegio, no podía conectar con nada. La psicóloga me recomendó volver al psiquiatra y en la primera sesión me dijo que se notaba que yo quería ser varón. Y que si iba bien con la pastilla antidepresiva podíamos empezar el tratamiento hormonal. Al principio, cuando comenzamos, no notaba cambios hormonales y la menstruación me venía cada 15 días, era todo lo contrario, tenía un desorden hormonal así que cambié los geles que estaba usando, además de las inyecciones. Ahí sí noté los cambios de verdad: más pelos en la barba, la voz me cambió, los granitos, la masa muscular creció un montón, la menstruación se cortó”.

Lucas cuenta cada detalle de su historia, cada fecha, cada charla. Hacerlo público ayuda a liberar la carga. A ratificar su identidad. Pero esos cambios físicos encontraron otra barrera en su cuerpo de mujer: los pechos. “Siempre me gustó mucho salir a correr e ir al gimnasio, pero usaba fajas. El verano pasado, pese a que tengo pileta en casa, creo que me metí una sola vez. Ni siquiera cuando estaba solo me metía. No estaba cómodo”.

Mónica comenzó las consultas con la endocrinóloga. De ahí al cirujano. Al ginecólogo. Y a la obra social. La operación era muy probable y Lucas no tenía la menor duda. Mónica acumuló todo tipo de preguntas. Fue por todos lados a asesorarse. Una y otra vez. “Para nosotros iba demasiado rápido, cada vez que abría la puerta y me decía ‘mamá, quiero hablar con vos’, yo pensaba ‘uh, y ahora qué será’, imaginate…”, sonríe.

“Yo me enojaba porque me parecía que ellos no entendían, pero hoy a la distancia me doy cuenta de que era muy chocante”, admite Lucas a quien, gracias a la Ley de Identidad de Género, la obra social Simepa le cubre tanto el tratamiento como la operación.

“Yo no podía seguir así, quería operarme, y cuando en julio la obra social dio el okey fue una emoción increíble. Y es como que yo no caía, recién cuando entré a la sala y me dijeron que me saque la bata me di cuenta: ‘Ah, ¿ya ahora es?’. No paraba de temblar”. A Lucas le sacaron la glándula mamaria pero tiene claro que en el futuro deberá hacerse todos los controles típicos de una mujer. Tiene su útero y tendrá que controlarse, por ejemplo, de la posibilidad de un cáncer de mama.

“Hoy me miro al espejo y me siento bien. Siempre odié mi cuerpo y hoy entiendo que mi cuerpo siempre va a estar conmigo y es a quien más tengo que cuidar. No es fácil, me costó mucho ir al colegio y decir que quiero que me digan Lucas y no María. Sé que toda la vida voy a necesitar inyectarme, estar con hormonas, aceptar que soy trans. Que cuando conozca a una chica no va a ser una situación común, me cuesta el día a día, aceptarme que soy trans, aceptar que biológicamente no soy hombre y que hay cosas que no puedo cambiar, todo eso cuesta. Hoy estoy mejor pero es un camino largo. Mi sueño es quererme ciento por ciento y que mi familia se sienta orgullosa de mí, devolverles a ellos, a mi mamá, todo lo que me apoyaron. Y sueño el día de mañana hacer un tratamiento de fertilización o adoptar para ser padre, pero para eso falta mucho. Hoy lo que quiero es sentirme bien”.

 

“Lucas, ya está la comida”
La identidad de género que asumió Lucas tuvo siempre el acompañamiento de sus padres y de sus hermanas Antonela (25) y Carolina (29), que es abogada y realizó todo lo vinculado a lo legal. “La verdad que fue rapidísimo el cambio de documento y hasta nos cambiaron la libreta de casamiento: ahora figura que tengo dos hijas mujeres y un hijo varón con todas las actas de nacimiento rectificadas. En dos días hicieron todo el trámite y hasta hay gente designada especialmente para estos casos”, cuenta Mónica, que también reconoce que la obra social Simepa cubrió la operación y el tratamiento.
“El otro pilar fundamental fue el Director del Colegio 9 de Julio, Pablo Tafernaberri, siempre apoyó y se portó bárbaro, en el colegio lo aceptaron naturalmente; la verdad que en casa nos costó más. El papá me decía ‘pero me va a costar, para mí es María, no me va a salir decirle Lucas. Hasta que un día le pedí que lo llame a comer y le dijo: ‘Lucas, está la comida’, ‘¿Viste? ¡me salió!’, me comentó enseguida. Todo se fue naturalizando”, resalta la mamá de quien el año próximo marchará hacia Córdoba para estudiar la carrera de Nutrición.

 

 

Una Ley modelo

La Ley de Identidad de Género es la 26.743 y? permite que las personas trans (transexuales, transgéneros) sean inscritas en el DNI con el nombre y el género de elección. Además ordena que todos los tratamientos médicos de adecuación a la expresión de género sean incluidos en el Programa Médico Obligatorio, lo que garantiza una cobertura de las prácticas en todo el sistema de salud, tanto público como privado. Fue sancionada el 9 de mayo de 2012 y es la primera Ley de Identidad de Género del mundo que, conforme las tendencias en la materia, no patologiza la condición trans. Hasta el año pasado y según datos oficiales publicados en LA ARENA, en La Pampa 53 personas habían cambiado su identidad, la mayoría de varón a mujer.

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